El espejo fiel de los otros

Cada vez que conocemos personas nuevas que nos simpatizan aparece un efecto paradojal, creemos que nos ven peor de lo que nosotros los vemos a ellas.

Rodrigo Lara Serrano

La culpa es de la palabra “metafísica”. La escuchamos y en nuestra mente aparecen asuntos tan inaccesibles como una planilla Excel que muestra el balance de una empresa transnacional china con sede en las islas Comores. Ahora, si le ponemos una lupa encima, la responsabilidad está en la parte que dice “meta”. Es un reflejo condicionado: no por nada algo parecido nos ocurre con “metabolismo” (que siempre es un embole) o metacrítica (¿una crítica de la crítica o qué?). Dicho lo anterior, tenemos que ser herejes y admitir que, unas pocas veces, el famoso “meta” puede resultar útil, como cuando nos los encontramos en “metapercepción”.

¿Qué es la metapercepción? Pues bien, la visión que tenemos acerca de la visión que tienen los demás sobre nosotros. En sencillo, cuando nos decimos “creo que le caí bien” o “me sonríe, pero no me quiere ver ni en pintura” la estamos usando. Los paranoicos son unos obsesivos al respecto. Y los enamorados, también. Aunque a estos últimos solo les interese enfocarla en una única persona en todo el universo.

Para el resto de los que pertenecemos al vasto zoológico humano, nuestras vidas sociales se componen de manera importante en la variedad más común de meta-percepción ya mencionada: tratar de descubrir cómo nos ven otras personas. Es todo un tema, especialmente cuando recién conocemos a alguien, ¿piensan que somos aburridos o interesantes, egoístas o altruistas, apreciables o despreciables, atractivos o no?

Brecha

Pues bien, la noticia es que, como detectives principiantes en busca de sutiles pistas químicas o genéticas en la escena del crimen, pasamos por alto ese pañuelo con sus iniciales o aquella tarjeta de presentación que el “asesino” dejó a plena vista. Es lo que afirma una investigación dada a conocer, en septiembre pasado, en la revista Psychological Science de los EE.UU.

“Nuestra investigación sugiere que estimar con precisión cuánto le gusta uno a un nuevo compañero/a de conversación —a pesar de que es una parte fundamental de la vida social y algo con lo que tenemos práctica amplia— se trata de una tarea mucho más difícil de lo que imaginamos”, explican Erica Boothby, investigadora postdoctoral en la Universidad de Cornell, y Gus Cooney, investigador postdoctoral en la Universidad de Harvard, que participaron en la investigación.

“Llamamos a esto una ´brecha de gusto´ y puede obstaculizar nuestra capacidad para desarrollar nuevas relaciones”, agrega la coautora del estudio Margaret S. Clark, profesora de psicología en la Universidad de Yale.

Llegar a esta conclusión no fue algo que hicieron en un abrir y cerrar de ojos. Para lograrlo, los citados Boothby, Cooney y Clark, junto con Gillian M. Sandstrom, profesor de psicología en la Universidad de Essex, examinaron varios aspectos de la llamada ´brecha de gusto  en una serie de cinco estudios.

Cinco minutos

En uno de ellos, los investigadores emparejaron a los participantes que no se habían visto antes y les pidieron que sostuvieran una conversación de cinco minutos con preguntas típicas para romper el hielo (por ejemplo, ¿de dónde eres?, ¿cuáles son tus aficiones?). Al final de la conversación, los participantes respondieron preguntas que evaluaban cuánto les gustaba su compañero de conversación y cuánto pensaban que le habían gustado.

En promedio, las calificaciones mostraron que a los participantes se sentían más a gusto con su nuevo compañero de lo que pensaban que ellos mismos le gustaban al otro. Para los científicos esta disparidad en las calificaciones promedio sugiere que los participantes tendieron a cometer un error de estimación. De hecho, los análisis de las grabaciones de video mostraron que los participantes no tomaban en cuenta las señales de comportamiento de su interlocutor que indicaban interés y disfrute.

Nada fugaz

En un estudio separado, los participantes reflexionaron sobre las conversaciones que acababan de tener: de acuerdo con sus calificaciones, creían que los momentos más destacados que daban forma a los pensamientos de su interlocutor sobre ellos eran más negativos que los momentos que configuraron sus propios pensamientos sobre él.

“Parecen estar demasiado absortos en sus propias preocupaciones sobre lo que deberían decir o dijeron para ver las señales de que los demás les caen bien, lo que los observadores de las conservaciones ven de inmediato”, señala Clark.

Estudios adicionales mostraron que la diferencia de gusto surgió independientemente de si las personas tenían conversaciones más largas o tenían conversaciones en entornos del mundo real. Y, más importante todavía, un estudio entre compañeros reales de la universidad mostró que la brecha de gusto estaba lejos de ser fugaz, perdurando durante varios meses.

El fenómeno es interesante porque contrasta con la creencia bien establecida de que generalmente nos vemos a nosotros mismos más positivamente que a los demás, sea que estemos pensando en nuestras habilidades para conducir, nuestra inteligencia o nuestra posibilidad de experimentar eventos negativos como enfermedad o divorcio.

Autoprotección pesimista

No obstante, la diferencia de percepción reseñada funciona de manera muy diferente. “Cuando se trata de interacción social y conversación, las personas a menudo dudan, no están seguras de la impresión que dejan sobre los demás y son demasiado críticas con su propio desempeño”, explican Boothby y Cooney. Aun así, “a la luz del gran optimismo de la gente en otros ámbitos, el pesimismo de la gente sobre sus conversaciones es sorprendente”.

Para los investigadores la diferencia puede deberse al contexto en el que hacemos estas autoevaluaciones. Cuando hay otra persona involucrada, como un compañero de conversación, podemos ser más cautelosos y autocríticos que en situaciones en las que calificamos nuestras propias cualidades sin otra fuente de información.

“Somos autoprotectores pesimistas y no queremos suponer que les gustamos a los otros antes de descubrir si esto es realmente cierto”, aventura Clark. Hay algo triste en la posibilidad de que este autocontrol pueda evitar mantener o iniciar relaciones con otras personas que realmente nos quieren o nos aprecian. “A medida que nos adentramos en un nuevo vecindario, construimos nuevas amistades o tratamos de impresionar a nuevos colegas, necesitamos saber qué piensan los demás de nosotros”, explican Boothby y Cooney. Por ello, “cualquier error sistemático que hagamos podría tener un gran impacto en nuestra vida personal y profesional”.

Queda flotando una pregunta. ¿Tal “pesimismo” es una manera humana universal de ser o el resultado de un entorno socio-cultural de esta época que presenta a las personas como seres esencialmente hedonistas, híperindividualistas y competitivas? Si quieren, lo conversamos.