Etiqueta: depresión

  • Momentos felices en la infancia protegen la salud mental adulta

    Momentos felices en la infancia protegen la salud mental adulta

    Amistades, confianza en padres y profesores y la sensación de seguridad en el barrio pueden hacer grandes diferencias.

    Royal College of Surgeons in Ireland

    Esos momentos de la niñez, de alegrías pequeñas y grandes, pueden ser claves para evitar o superar problemas mentales cuando ya crecemos.

    Así lo concluye una nueva investigación dirigida por la RCSI University of Medicine and Health Sciences, en Dublín, Irlanda; la cual mostró que los niños que experimentan relaciones más positivas y entornos de apoyo durante su crecimiento tienen muchas menos probabilidades de desarrollar depresión o ansiedad en la edad adulta temprana.

    Confianza

    El estudio halló que las experiencias positivas en la infancia, como las amistades de apoyo, las relaciones de confianza con los padres y los profesores, y la sensación de seguridad en el vecindario, estaban relacionadas con una mejor salud mental a los 24 años, incluso después de tener en cuenta otros factores de riesgo conocidos.

    Esta relación se mantuvo incluso después de que los investigadores tuvieran en cuenta factores conocidos de orden negativo que influyen en la salud mental, como los traumas infantiles, las circunstancias socioeconómicas y la predisposición genética a las enfermedades mentales. Lo anterior sugiere que las experiencias positivas son más que un simple indicador de un menor riesgo general. En cambio, parecen contribuir de forma independiente a la salud mental a largo plazo de los niños, junto con otras influencias.

    Cómo se hizo

    Investigadores del RCSI y de FutureNeuro analizaron datos de 3.499 niños del Estudio Longitudinal de Padres e Hijos de Avon (ALSPAC), también conocido como Niños de los 90, observando experiencias positivas desde el nacimiento hasta los 17 años.

    Realizaron un seguimiento de 10 tipos generales de experiencias positivas a lo largo de la infancia y la adolescencia, incluyendo una buena relación con un padre, una buena relación con un maestro, actividades regulares fuera del hogar, amistades de apoyo, sentirse seguro en el vecindario, disfrutar de la escuela y el contacto frecuente con familiares y amigos, y luego evaluaron los resultados de salud mental a los 24 años.

    Se evaluó a los participantes según la cantidad de experiencias positivas que habían tenido durante la infancia y la adolescencia. Quienes obtuvieron puntuaciones más altas, es decir, quienes tuvieron más experiencias positivas, presentaron una probabilidad significativamente menor de cumplir los criterios de depresión, ansiedad u otro trastorno psiquiátrico a los 24 años. El estudio empleó un enfoque estadístico avanzado diseñado para estimar la relación causa-efecto con la mayor precisión posible a partir de datos observacionales.

    Se aleja la depresión

    La asociación más fuerte se observó en el caso de la depresión: cada experiencia positiva adicional se relacionó con una menor probabilidad de padecerla en la adultez temprana. La asociación con la ansiedad fue menor, pero siguió siendo estadísticamente significativa. Los resultados sobre la psicosis fueron inconclusos, ya que muy pocos participantes desarrollaron la afección para poder extraer conclusiones definitivas.

    El profesor David Cotter, del Departamento de Psiquiatría del RCSI, fue el autor principal del artículo, y dice: “A menudo pensamos en proteger la salud mental de los niños en términos de prevenir experiencias negativas, y eso es absolutamente vital. Pero los niños también desarrollan relaciones de apoyo y otras experiencias positivas en casa, en la escuela y en sus comunidades. Nuestros hallazgos sugieren que todas estas experiencias pueden contribuir a una mejor salud mental en la edad adulta temprana”.

    Acumulación valiosa

    Los hallazgos no sugieren que las experiencias positivas borren o contrarresten los efectos del trauma. Por el contrario, indican que las experiencias positivas pueden brindar protección adicional para la salud mental, lo que contribuye a una visión cada vez más clara de que la salud mental en la adultez temprana está determinada por la acumulación de experiencias tanto de riesgo como de protección a lo largo de la infancia, y no por un solo factor.

    La Dra. Jennifer Murphy, primera autora del estudio, afirma: “Muchas afecciones de salud mental se manifiestan por primera vez en la edad adulta temprana, pero aún sabemos relativamente poco sobre qué experiencias de la infancia tienen la mayor influencia en el bienestar en esta etapa de la vida”.

    Dado lo anterior, “esperamos que estos hallazgos contribuyan a que las escuelas, los servicios de salud y el apoyo a la crianza se centren más en crear experiencias positivas para los niños y jóvenes, en lugar de concentrarse únicamente en reducir los daños”.

    En conjunto, los resultados sugieren que mejorar la salud mental de los niños probablemente requiera tanto reducir la adversidad como aumentar las oportunidades de experiencias positivas a lo largo de la infancia y la adolescencia.

  • Las redes sociales no sustituyen apoyo emocional en la vida real

    Las redes sociales no sustituyen apoyo emocional en la vida real

    Usarlas antes de que pase media hora después de despertar podría estimular la depresión.

    Steve Lundeberg, Universidad Estatal de Oregón

    Dos nuevos estudios realizados por científicos de la Universidad Estatal de Oregón, en EE. UU., sugieren que las redes sociales podrían no ser suficientes para reemplazar el apoyo emocional que las personas reciben de las relaciones personales, y que el horario en que se utilizan las redes sociales puede ser importante para la salud mental de una persona.

    El primer estudio examinó la relación entre el apoyo emocional a través de las redes sociales, el apoyo emocional en la vida real y la soledad. El segundo estudio examinó si el uso de las redes sociales poco después de despertarse estaba asociado con la depresión.

    30 a 70 años

    Ambos estudios fueron financiados por los Institutos Nacionales de Salud y utilizaron la misma muestra representativa a nivel nacional de 1.512 adultos estadounidenses de entre 30 y 70 años que completaron un cuestionario en julio y agosto de 2023.

    “Si bien estos hallazgos no significan que las redes sociales sean intrínsecamente dañinas, sí sugieren que debemos reflexionar cuidadosamente sobre cómo las usamos, tanto a nivel personal como social”, dice Brian Primack, médico e investigador de la Facultad de Salud de la Universidad Estatal de Ohio (OSU), quien estudia las implicaciones para la salud pública de los medios de comunicación y la tecnología.

    Apoyo en la vida real tiene un poder mayor

    Primack señala que los participantes del estudio con los niveles más bajos de apoyo emocional en la vida real tienen más de ocho veces más probabilidades de sentirse solos en comparación con aquellos con los niveles más altos de apoyo emocional en la vida real.

    “En lo que respecta al apoyo emocional, nuestros hallazgos sugieren que las redes sociales no sustituyen el apoyo que recibimos a través de nuestras relaciones en la vida real”, afirma Geethika Koneru, médica y estudiante de posgrado que dirigió el estudio. “Al comparar directamente ambos tipos de apoyo emocional, el apoyo emocional de las redes sociales resultó ser mucho menos efectivo que el apoyo emocional de la vida real”.

    Redes sociales poco después de despertar

    En el segundo estudio, los investigadores se centraron en un aspecto diferente del uso de las redes sociales: el tiempo transcurrido desde que las personas se despertaban hasta que comenzaban a usarlas. Los científicos descubrieron que el uso de las redes sociales dentro de los 30 minutos posteriores al despertar estaba fuertemente asociado con la depresión, incluso después de tener en cuenta el uso total de las redes sociales y las características demográficas.

    “Existe una fuerte relación entre el uso de las redes sociales durante los primeros 30 minutos después de despertarse y la depresión”, afirma Hyosin Dawn Kim, profesora asistente de investigación en la Universidad Estatal de Ohio y líder del estudio. “Pero desconocemos si el uso de las redes sociales poco después de despertarse contribuye a la depresión, si la depresión lleva a las personas a usarlas al despertarse, o ambas cosas”, concluye.

  • Los abuelos son claves para superar la adversidad adulta

    Los abuelos son claves para superar la adversidad adulta

    También los tíos, profesores y entrenadores. Al alimentar el lado bueno de la niñez, evitan que quede eclipsado por el malo.

    Katya Poltorak, Northeastern University

    Tus abuelos dan vida a “El Gruffalo”, con su extraña forma, leyendo el cuento en voz alta e imitando diferentes voces. Te llevan a ver lémures o jirafas al zoológico. Te enseñan a cultivar cebolla de verdeo en el alféizar de la ventana. Y te dejan probar todas las facturas cuando no puedes decidir cuál quieres.

    Y, como demuestra la experiencia de Kelsie Lopez, investigadora postdoctoral en psicología de la Northeastern University, en Boston, Estados Unidos, estos ancianos de la familia también inspiran la investigación científica.

    Cuando López revisó las publicaciones sobre neurodesarrollo, el campo que decidió estudiar en el Centro de Salud Cognitiva y Cerebral de Northeastern, notó una omisión evidente. La gran mayoría de los trabajos se centraban en la adversidad: experiencias estresantes o dañinas que hacen que la infancia se sienta insegura, inestable o desamparada.

    ¿Dónde estaba la investigación sobre las cosas que salen bien?, se preguntó.

    Junto con Laurel Gabard-Durnam, profesora de psicología de la Universidad Northeastern, y colegas del Bryn Mawr College en Pensilvania, López se propuso llenar ese vacío.

    Lo bueno en tiempos malos

    El estudio resultante arrojó un resultado esperanzador: el lado bueno de la niñez no tiene por qué quedar eclipsado por el mal.

    Para llegar a esta conclusión, los investigadores vincularon las experiencias positivas, como tener oportunidades de aprendizaje, con una mejor salud mental en la edad adulta, incluso después de tener en cuenta las dificultades que pudieron haber coincidido con ellas.

    “El hecho de haber sufrido adversidades en la infancia no significa necesariamente que no se hayan producido experiencias positivas en esa misma etapa de la vida”, dice López.

    Para estudiar científicamente estas experiencias, los investigadores deben convertirlas en cifras. ¿De qué otra manera se puede determinar si los cuentos de la abuela antes de dormir compensaron el estrés que le causó a papá perder su trabajo?

    Cómo medirlo

    López y sus colegas desarrollaron una escala que organizaba las experiencias positivas en torno a tres dimensiones: previsibilidad, oportunidad y seguridad, diseñadas como contrapartes positivas de los marcos típicos que examinan los factores estresantes de la infancia y que se centran en la imprevisibilidad, la privación y la amenaza.

    Luego elaboraron un cuestionario en torno a esas preguntas.

    La sección sobre previsibilidad incluía preguntas como si los participantes sabían quién cuidaría de ellos después de terminar la escuela. Las preguntas relacionadas con las oportunidades y la seguridad exploraban si habían tenido la oportunidad de formar relaciones cercanas o si se sentían protegidos física y emocionalmente.

    Para cada pregunta, un total de aproximadamente 1200 participantes calificaron la veracidad de una afirmación sobre su infancia en una escala de cuatro puntos, que iba desde “muy cierto” hasta “nada cierto”. Posteriormente, los investigadores convirtieron las respuestas en puntuaciones en una escala del 1 al 4, donde las puntuaciones más altas reflejaban experiencias más positivas.

    Los participantes también completaron cuestionarios para medir experiencias adversas en la infancia, así como una encuesta para evaluar sus niveles actuales de ansiedad, depresión y resiliencia. Posteriormente, los investigadores analizaron cómo las puntuaciones obtenidas en las experiencias positivas y adversas de la infancia se relacionaban con esos indicadores de salud mental en la edad adulta.

    Menos depresión y ansiedad

    Al analizar conjuntamente las puntuaciones de experiencias positivas y negativas, los investigadores pudieron plantearse una pregunta importante. Supongamos que dos personas experimentaron niveles similares de adversidad en la infancia, pero la primera también tuvo experiencias positivas. ¿Influirían esas experiencias positivas de forma significativa en la salud mental adulta de la primera persona en comparación con la de la segunda?

    Al final, la respuesta fue sí.

    Las experiencias positivas en la infancia se vincularon con menores niveles de depresión y ansiedad, así como con una mayor resiliencia en la edad adulta. Estos patrones se mantuvieron incluso después de que los investigadores tuvieran en cuenta las circunstancias adversas y el estatus socioeconómico. Por otro lado, las experiencias desfavorables en la infancia se asociaron con mayores niveles de ansiedad y depresión.

    En otras palabras, ninguna experiencia anuló a la otra. Cada una aportó a los investigadores información sobre la salud mental en adultos que la otra no podía, lo cual supone un mayor reconocimiento que el obtenido con experiencias positivas en el pasado.

    Efectos contundentes

    “Fue realmente maravilloso ver los efectos tan sólidos y contundentes de estas experiencias positivas, que superaron el grado de adversidad que experimentó cada persona, e independientemente de su estatus socioeconómico”, dice Gabard-Durnam.

    Los participantes, procedentes de diversos estratos socioeconómicos y con edades comprendidas entre los 18 y los 65 años, abarcaron todo el espectro, desde altos niveles de adversidad y experiencias positivas hasta bajos niveles de ambas, pasando por todas las combinaciones intermedias. En definitiva, los resultados reforzaron la idea central de que experimentar más adversidad no implica tener menos experiencias positivas.

    Los resultados coinciden con los hallazgos de otros investigadores sobre los ingredientes de una infancia positiva.

    Amanda Winn, directora de capacitación y asistencia técnica del Centro Nacional de Recursos HOPE, un programa de salud pública e iniciativa de investigación, señaló que la salud a lo largo de la vida se ha relacionado con experiencias positivas en la infancia.

    Una bondad muy importante

    “Son increíblemente importantes”, declara Winn a Northeastern Global News, y añadió que las investigaciones sugieren que su ausencia “puede ser más perjudicial que la presencia de traumas y adversidades”.

    Detrás de esas experiencias hay personas que las hacen posibles.

    Los investigadores de Northeastern pidieron a los participantes que indicaran en qué modelo a seguir estaban pensando al responder cada pregunta.

    Entre los “sospechosos” habituales figuraban abuelos, tíos, profesores, entrenadores y líderes espirituales que dejaron una huella positiva en la vida de decenas de jóvenes reflejados en el estudio.

    También hubo algunas sorpresas.

    “Mi respuesta favorita es que alguien propusiera al conductor del autobús escolar de su escuela primaria”, dice Gabard-Durnam. Otro participante mencionó a alguien de un bar de motoqueros. “Realmente abarcaba todo tipo de personas en el mundo”, dice Gabard-Durnam. “No se trata solo de los cuidadores (familiares o profesionales)”, concluye López.

  • Mezcla peligrosa: smartphones y niños

    Mezcla peligrosa: smartphones y niños

    El uso excesivo del celular a los 14 años duplica la posibilidad de sufrir depresión y obesidad. Recibirlo a los 12 multiplica los problemas de salud mental e insomnio.

    Children’s Hospital of Philadelphia

    Un año después de recibir su primer teléfono inteligente, a los 13 años, los adolescentes de 14 años que pasan mucho tiempo con sus teléfonos tienen más probabilidades de sufrir depresión, obesidad e insomnio.

    Así se desprende de un trabajo de investigadores del Hospital Infantil de Filadelfia, en los Estados Unidos.

    Ran Barzilay, es el autor principal del estudio y psiquiatra infantil del Centro de Investigación, Intervención y Prevención del Suicidio Juvenil de esa universidad. Ya el año pasado, Barzilay había informado que los adolescentes que adquieren su primer teléfono inteligente antes y durante los 12 años tienen un mayor riesgo de sufrir problemas de salud mental y falta de sueño que aquellos que permanecen “sin teléfono inteligente” hasta los 13 años.

    Falta de sueño

    En este nuevo estudio, Barzilay y su equipo siguieron a un grupo de jóvenes que tenían (o no) teléfono inteligente desde los 13 hasta los 14 años. Los investigadores analizaron si el hecho de tener un teléfono inteligente alrededor de los 13 años afectaba la depresión, la obesidad o el sueño un año después.

    De los 1 959 adolescentes estudiados, 1 230 obtuvieron un teléfono inteligente entre los 13 y los 14 años, mientras que 729 no. En comparación con quienes no adquirieron un teléfono inteligente, aquellos que sí lo obtuvieron a los 13 años presentaban un mayor riesgo de sufrir falta de sueño a los 14 años.

    Los investigadores descubrieron que adquirir un teléfono inteligente a los 13 años no se asociaba con la depresión a los 14, a diferencia de adquirirlo a los 12, lo cual sí se relacionó con problemas de salud mental un año después. La investigación sugiere que, a los 13 años, los adolescentes podrían estar emocionalmente más preparados para recibir su primer teléfono inteligente sin que esto perjudique automáticamente su salud mental.

    Intensidad hace la diferencia

    Sin embargo, al analizar la intensidad del uso de los teléfonos inteligentes, los investigadores descubrieron que la duración del tiempo de uso y el acceso nocturno son factores clave que influyen en el bienestar general. En niños que sí tenían teléfonos inteligentes a los 14 años, usarlos durante más de cinco horas al día se asoció con más del doble de probabilidades de sufrir depresión y obesidad, y el doble de probabilidades de no dormir lo suficiente, en comparación con usarlos dos horas o menos al día.

    El estudio no analizó qué actividades específicas con el teléfono (como los videojuegos o las redes sociales) podrían ser perjudiciales.

    No en el dormitorio

    “Un hábito sencillo pareció reducir los resultados adversos. Los niños que mantenían sus teléfonos inteligentes fuera del dormitorio por la noche tenían menos probabilidades de reportar falta de sueño, lo que sugiere que sacarlos de las habitaciones influye en el bienestar de los adolescentes”, dice Barzilay.

    “Al considerar los hallazgos de este estudio junto con nuestros trabajos anteriores, podemos afirmar con cautela que la adquisición de un teléfono inteligente a los 13 años parece más segura que a los 12 años o antes”. Sin embargo, “incluso a los 13 años, nuestros hallazgos aportan evidencia que informa a padres y profesionales de la salud sobre la importancia de introducir un teléfono inteligente con reglas claras y supervisión. Recomendamos a las familias que establezcan límites diarios para el uso del teléfono inteligente y que lo retiren de las habitaciones de sus hijos por la noche”.

    La investigación se llevó a cabo en colaboración con la Universidad de California, Berkeley, y la Facultad de Medicina Perelman de la Universidad de Pensilvania.